Y yo, coronada con las flores de la mañana, lo esperaba como se espera a la muerte.
Lo esperaba quieta, deshojando pétalos con los ojos, sentada bajo la luz mortecina de la habitación que tantas veces me vio morir con los ojos abiertos para luego lanzar un grito de ahogada y seguir con mis labores de amante, de esclava, perturbada por los sonidos que se escuchan en la cama, bajo los estertores del amor, entre los ruidos del orgasmo.
Lo esperaba tejiendo y destejiendo la misma corona que quedó desde que era reina del crepúsculo cuando mi cuerpo era un manantial de placeres celestes, cuna de hombres y mujeres que acudían a beber de mi saliva.
Lo espero tan sólo con las florcitas, desnuda, como si fuera una aparición de lo que nunca quisiéramos ver.
Lo espero y llega. Llega y dibuja sobre mi cuerpo la imagen de otro cuerpo. Canta alabanzas, aulla, grita y clava los alfileres en mis ojos. Ya no siento. Ahora tiene lugar el milagro. Un cuerpo de mi se levanta. Caen pájaros, sirenas, el silencio de Morgana. El se la lleva. Yo vuelvo a esperar. Como se espera a la muerte. Impasible y con los ojos abiertos. 2006

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